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Como se ha mencionado al referirnos a los actos de innovación, las oportunidades ya no suelen presentarse de manera lineal respondiendo a una tendencia o un avance técnico, sino que se dan en la intersección, en el cruce de variables de diversa naturaleza dentro de un sistema crecientemente complejo. Identificar las oportunidades requiere cada vez mayor habilidad. Tras lograrlo, se necesitarán suficientes dosis de conocimiento y creatividad como para generar un modelo de negocio que aproveche esas oportunidades y las transforme en valor para la sociedad. Y, por supuesto, hará falta coraje para lanzarse a experimentar e implantar.

Muchas empresas innovadoras más que creadoras de nuevos conocimientos, están especializadas en captar, filtrar y aplicar conocimientos que otros han generado. De esa manera, producen nuevo conocimiento y desarrollan aplicaciones. Esto supone disponer de un olfato sensible para seleccionar lo que puede aportar valor a los usuarios, lo que a su vez debe ir vinculado a buenos radares para detectar los gustos y necesidades emergentes.

En este momento disponemos de abundante conocimiento avanzado y está fácilmente al alcance tanto de las grandes corporaciones como de quienes están empezando. Eso no significa que haya perdido valor, sino que puede producir saturación y dar lugar a una cierta parálisis por análisis. Por eso, las organizaciones necesitan dotarse de capacidades avanzadas para identificar las fuentes más valiosas de conocimiento e inspiración, así como de sabiduría práctica para discriminar lo que realmente les va a servir.

La vida cada vez más corta de los productos y servicios, así como la exigencia de una adaptación personalizada, no se pueden basar sólo en la tecnología ni en la capacidad organizativa, sino que requieren gran habilidad para conocer a los clientes y entender de verdad sus necesidades. Eso resulta imposible sin un vínculo permanente y un acercamiento sistemático a su experiencia cotidiana. La industria textil nos ofrece un gráfico ejemplo: aquellos que se han centrado en los avances tecnológicos han quedado fuera del mercado, mientras que quienes han observado y comprendido la evolución de los valores y comportamientos de los ciudadanos (Zara o Mango suponen casos paradigmáticos) han tenido éxito y han generado una fuerte cultura propia.

Cuanto más cerca se esté de los usuarios finales, más fácil será saber qué les interesa, por lo que se podrá responder más rápido y con mayor acierto, creciendo con ellos y anticipándose a las tendencias de consumo. La idea parece sencilla pero la experiencia nos muestra que pocas empresas lo valoran de verdad y saben hacerlo.

Además de recoger, seleccionar y filtrar la información, se precisa aprender a visualizarla en clave de oportunidad. La velocidad para aprovechar y explotar oportunidades cada vez es mayor. Lo que añade nuevas exigencias a las ya mencionadas. Velocidad en la identificación de información valiosa, velocidad en la captación de recursos, velocidad en el diseño de un modelo de negocio, velocidad en la generación de soluciones, velocidad en su implantación.

En general, vemos que las empresas están especializadas en desarrollar mientras que detectar y acotar oportunidades son tareas de gran complejidad que con frecuencia les desbordan. Una buena solución puede ser asociarse con captadores y aceleradores de oportunidades que permitan imprimir velocidad a las etapas iniciales del proceso, de forma que no se pierdan oportunidades. Apple es un claro ejemplo de organización iniciadora que se une con ejecutoras que potencian sus productos y amplían el campo de acción.

Detectar oportunidades, concretar soluciones y desarrollar nuevos productos son habilidades que esperamos encontrar en un emprendedor que aún no tiene nada que perder y sí mucho que ganar, pero son harto difíciles de hallar en organizaciones consolidadas, en las que fácilmente se instalan mecanismos que disuaden a sus miembros de correr los riesgos del fracaso o del esfuerzo infecundo.

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