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Si aceptamos que las empresas necesitan transformarse, estamos afirmando que para innovar precisan antes “innovarse” o renovarse. Por definición, la innovación es un viaje a territorio desconocido; un viaje en el que encontraremos resistencias, peligros, obstáculos y también hallazgos insospechados. Es un viaje de exploración para descubrir nuevas oportunidades, pero también un viaje de transformación: el propio tránsito nos cambia en la medida en que supone un gran aprendizaje, nos abre perspectivas y modifica nuestra visión previa. Debemos tomarlo con sentido deportivo, espíritu de aventura, mentalidad de aprendiz y apertura mental.

Sin embargo, eso no significa improvisación o falta de rigor. Precisamente, cuanto mayor sea la incertidumbre, más debemos esforzarnos por planificar y tratar de anticipar posibles dificultades. Una travesía complicada exige mucha preparación y no perder nunca de vista su finalidad. En este sentido, cabe apuntar varias tareas:

  1. Diseñar el itinerario de transformación.
  2. Definir una cultura comprometida con el cambio positivo, la experimentación y la apertura a la creatividad.
  3. Dotarse de metodología eficaz para alimentar el conocimiento, generar ideas, contrastarlas, filtrarlas y llevarlas a la práctica.
  4. Dar coherencia a todo el proceso e implantarlo.

Para ilustrar este proceso, sugiero tomar como metáfora las fases de desarrollo de la personalidad humana. Así, podemos distinguir cuatro escalones sucesivos en el tránsito de una organización tradicional a otra sistemáticamente innovadora, a saber:

1. Provocar una ACTITUD INNOVADORASin título

2. Poner en marcha ACTOS DE INNOVACIÓN.

3. Asentar HÁBITOS en la organización.

4. Consolidar una IDENTIDAD INNOVADORA.

 

En próximas entradas indagaremos en los pormenores que implican cada una de estas fases para poder ver de manera clara cómo se realiza esta transformación en la organización de una empresa o institución.

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