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Los descubrimientos de Frederick Taylor perviven aún hoy en día en lo fundamental. Fue el primero que se cuestionó de manera sistemática la organización del trabajo colectivo y se preocupó por buscar la mejor forma de realizarlo. Partiendo de la convicción de que empleados y empleadores comparten un fin común, procuró hallar e introducir procedimientos que aumentasen el rendimiento productivo y a la vez hicieran más llevadera la jornada laboral.

Aunque no cabe duda de que su visión era la propia de un hombre del siglo diecinueve, debe reconocerse que su preocupación fue primordialmente social. En efecto, tuvo siempre en mente liberar a los trabajadores de la dura carga de un trabajo exclusivamente físico, perjudicial para el cuerpo y dañino para la moral. A partir de sus escritos, se despertó el interés por conquistar una vida digna para los obreros, que valorara su inteligencia y conocimientos para aumentar la producción y a la vez mejorar las condiciones laborales.

Taylor tuvo numerosos seguidores, tanto entre los proletarios como entre los patronos. Trataron de llevar a la práctica sus descubrimientos empresarios tan reconocidos como los hermanos Michels y políticos tan influyentes como Lenin, que declaró en Pravda: “Nosotros intentaremos poner en marcha todos los consejos progresistas del sistema científico de Taylor.”

Lamentablemente, no faltaron entre sus admiradores aquellos que se limitaron a escuchar sólo parte de sus consejos; casualmente aquella parte que más los beneficiaba a título personal, aún a costa del esfuerzo de los demás. Muy numerosos fueron los abusos cometidos en nombre del “taylorismo”, que mereció de esta manera la reprobación y crítica generalizada, de lo que se hace eco magistralmente Charles Chaplin en el largometraje Tiempos Modernos.

Basten unas palabras del propio Taylor para colocar en su justo término los desmanes cometidos escudándose tras sus ideas:

“Ningún sistema o plan de organización merece que se le considere si no satisface tanto al patrono como al empleado durante un fun­cionamiento prolongado; si no demuestra con evidencia que sus intereses son mutuos y, por último, si no produce una colaboración íntima y cordial que les haga obrar de concierto y no cada cual por sí y para sí. […] las dos partes consideran todavía generalmente como un hecho evidente que en las cuestiones más vitales los intereses de los patronos son necesariamente opuestos a los del personal.” (F.W. Taylor, La dirección de los Talleres. 1914)

En 1911 el Senado americano encargó a la Universidad de Chicago un informe acerca de las huelgas y revueltas que se estaban produciendo en numerosas industrias. El resultado fue la llamada “investigación Hoxie”, que mostró los inconvenientes físicos, morales y sociales de un sistema basado exclusivamente en el rendimiento y la eficiencia. Se justificaba así la reacción de defensa protagonizada por los sindicatos, que denunciaban unos abusivos patrones de desempeño al tiempo que llamaban la atención sobre lo tedioso y monótono de una tarea superespecializada.

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