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A pesar de que había hecho la intención de no dedicar más entradas a mis lecturas, debo hacer una nueva excepción. Para eso está la flexibilidad. Acabo de terminar Outliers, de Malcolm Gladwell y se merece unas líneas. Si bien hace tiempo que había oído hablar de este autor, es la primera vez que le leo. Sólo me arrepiento de haberlo demorado tanto.

Outliers ha sido traducido como Fueras de serie, título que puede llevar a engaño pero que tampoco es fácilmente mejorable. Como suele suceder en los últimos tiempos, el subtítulo resulta algo más explicativo, pero tampoco acaba de hacer diana plenamente: “Por qué unas personas tienen éxito y otras no.” En efecto, se trata de una indagación en toda regla motivada por esta cuestión: ¿qué hace que unos individuos triunfen y otros se queden a medio camino? Por fortuna, la respuesta está tan lejos de una divagación teórica inconclusa como de una colección de recetas de aplicación inmediata para conquistar el “éxito”, al menos si entendemos éste en el sentido individualista occidental. Más bien la tesis de fondo -sin pretender destripar el libro- apunta a que el “genio” nunca llega a serlo sólo por sí mismo sino gracias a una larga y feliz serie de herencias, oportunidades y ayudas que va encontrando en el discurrir de su vida, algunas conquistadas con esfuerzo y otras recibidas sin particular merecimiento.

Lejos de un libro de autoayuda típico, parece más una propuesta de “autoayuda social”. Me explico: como he apuntado antes, huye de la fácil tentación paternalista de sugerir comportamientos individuales programados que garanticen el éxito personal. Entre otras cosas porque sería contrario a los descubrimientos que nos va desvelando. El genio no sólo se alimenta de lo que podríamos llamar “recursos propios” (alto coeficiente intelectual convenientemente aprovechado con esfuerzo y empeño constantes) sino también de numerosos “recursos comunitarios” (esta torpe terminología es mía, no de Gladwell; lo siento): su inteligencia práctica, adquirida sobre todo en el hogar; las oportunidades propias de su época y hábitat geográfico y social; la “herencia cultural” -en sentido amplio- de la civilización y etnia de la que procede; y, por supuesto, la suerte y la posibilidad de acceso a una educación adecuada y estimulante.

Este segundo y amplio grupo de recursos exceden la capacidad de gestión de la persona individual, por muy dotada que esté, pues le vienen dados por su origen y entorno inmediato y remoto. Sin embargo, sí pueden ser gestionados por la comunidad con el fin de promover el desarrollo de ciudadanos mejores y, sobre todo, más felices. Por eso, el lector atento descubrirá entre líneas cantidad de sugerencias inspiradoras de corte educativo, político, empresarial, sociológico e, incluso, familiar.

La cuestión que tira de toda la investigación lleva al autor a consultar estudios académicos de diversos ámbitos, así como a estudiar las circunstancias que, por ejemplo, permitieron a los Beatles liderar una revolución musical, o las singularidades biográficas de los genios del software, o el mes de nacimiento de las estrellas del hockey, o la relación de la cultura asiática de los arrozales con el aprendizaje de las matemáticas, o los rasgos comunes de los abogados judíos de Nueva York, o la cultura del honor de las tierras montañosas y su forma de “resolver” los conflictos, o la influencia de las distintas costumbres nacionales en la seguridad aérea.

En fin, una obra que se resiste a ser encasillada y más aún a ser resumida, pero que está llena de sugerencias y revelaciones. Vale la pena acceder a ella directamente, entera o por capítulos. Sí, me atrevo a afirmar que para algunas personas bastaría leer un par de capítulos para sacarle suficiente partido (aunque es posible que les “enganchen” y decidan devorar a sus vecinos; capítulos, quiero decir). Por ejemplo, a unos padres implicados en la educación de sus hijos, les recomendaría los capítulos I, IV y IX; a un sociólogo, sobre todo VI a VIII; a un directivo, la introducción, III, V, VII y, si aún dura el vuelo, I y II; a un educador o un dirigente educativo, I, II, IV, VIII y IX; a un entrenador o gestor deportivo, I y II; a un político, todos, porque si no “pierde” un poco el tiempo leyéndolo completo, no se lo tomará en serio.

A todo esto -y quizá para muchos no menos importante- debe añadirse una redacción cuidada y amena, salpicada de anéctodas oportunas y guiada por historias personales extraordinariamente bien contadas. En definitiva, Gladwell vale la pena: desborda talento y sabe de lo que habla, pues él mismo ha alcanzado un sobresaliente éxito como crítico y escritor. Ahora estoy impaciente por leer todo lo que haya publicado. Por fortuna, este verano me he hecho en Irlanda con What the Dog Shaw y ya tengo localizado un ejemplar de The Tipping Point. Todo llegará.

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