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Hace unos días he terminado Into thin air, la crónica que Jon Krakauer hace de su ascensión al Everest en mayo del 96. Un relato tan atractivo como intimidatorio: junto a la belleza de la ascensión, de la camaradería y del esfuerzo para superar los obstáculos que se van presentando, aparecen los inevitables acompañantes del frío extremo, la falta de oxígeno que dificulta descansar por la noche y avanzar durante el día, y la lucha por seguir adelante más allá del agotamiento. Hasta aquí, todo normal, al menos esperable en el relato de una expedición a la cima del mundo.

Lo que a mí personalmente más me ha impactado son los motivos para escribir que intuyo tras la narración. A mi juicio, además de los que el propio Krakauer reconoce, se aprecia la necesidad de desahogarse; es una especie de relato terapeútico. No es para menos si lo observamos no desde el punto de vista de la hazaña -que lo fue- sino desde el de la tragedia, que también lo fue: 4 muertes en el descenso, entre ellas la del guía principal, Rob Hall; 9 muertos/desaparecidos entre las cuatro expediciones que hicieron cumbre ese día (10 de mayo); 12 personas perdieron la vida en el Everest a lo largo del mes (mayo del 96). Una estadística demoledora. Sin embargo, eso no frenó a las expediciones que estaban en el campo base preparadas para su propio intento, como tampoco frenó a algunos de los supervivientes para arriesgar de nuevo -y, en varios casos, perder- su vida durante las semanas siguientes en otras cumbres.

Como montañero, me ha venido a la mente una pregunta que me he hecho muchas veces: ¿por qué subir?

Se me ocurren muchas contestaciones, pero creo que aún no he encontrado la respuesta. Tengo el recuerdo vago de una anécdota que oí contar a Iñaki Ochoa de Olza (mi recuerdo es muy difuso y probablemente impreciso, así que si algún lector me puede corregir se lo agradecería). Contaba mi tocayo que andaba un poco cansado de que siempre le hicieran la misma pregunta y que le resultaba complicado contentar al auditorio o al entrevistador con una respuesta satisfactoria. Solía añadir que esa curiosidad sólo la manifestaban los adultos, nunca los niños. Hasta que un día eso cambió y la pregunta se la hizo un crío, pero no con escepticismo ni con aire desafiante o reprobador, sino con la noble ingenuidad de quien aún está de ida: “Iñaki, ¿por qué subes montañas?” La respuesta, sincera, sólo podía ser una: “Por que están ahí.”

Personalmente me encantó, sin duda sabía de lo que hablaba, lo había meditado mucho y, naturalmente, el chaval quedó totalmente satisfecho. ¿Qué mejor razón puede haber? Más allá de la anécdota -y de lo que la haya podido adornar con mi imaginación-, algo parece indudable: hay acciones cuya finalidad está en ellas mismas, no sirven para nada; mejor, no están al servicio de nada más, son plenas de sentido en sí mismas, como la risa.

De hecho, acabo de encontrar en wikiquote una cita del propio Iñaki: “¿Por qué hacéis esto? Es sin duda la pregunta más repetida en charlas y conferencias. Hay gente que no entiende que abandonemos nuestro confort, seguridad y dinero, para venir a hacer algo tan inútil como escalar el K2. La verdad es que aunque pudiera dar una respuesta medio coherente, ellos nunca lo entenderían. Sólo sé que no estamos locos, y que allá arriba es la vida precisamente lo que buscamos.”

Es más, si se le atribuye un valor instrumental, como divertirse, hacer deporte, ponerse en forma, adquirir fama… parece que no es lo mismo. No digo que esos motivos perjudiquen la actividad, pero ¿qué tipo de explicación suponen? Otra cosa es que un sherpa o un guía lo hayan convertido en su medio de vida, o que se necesite subir para rescatar a otra persona.

Además, si el objetivo es la diversión, surge otra cuestión nada sencilla de responder: ¿tiene sentido arriesgar la vida para divertirse? Pero, la dejaremos para otra entrada…

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